Una tarde, mientras barrÃa la terraza, encontró una vieja radio semienterrada entre conchas y algas. TenÃa botones de baquelita y una pequeña antena que apuntaba al cielo como si pidiera permiso. La encendió por curiosidad y la isla respondió con una canción que no conocÃa: notas de guitarra, una voz rasgada que decÃa "regret" con un acento que parecÃa venir de otra orilla. La canción hablaba de islas, por supuesto, de los hombres que se van y de los barcos que ya no regresan; hablaba de lo que queda cuando las manos cierran el último cajón.
Empezó a grabar. No en un sentido técnico—la radio no tenÃa cinta—sino en la mente. Cada noche repetÃa las frases, las torsiones de voz, las pausas. Se las aprendió como quien aprende a rezar en un idioma que no entiende bien: por el ritmo, más que por la doctrina. Las palabras de la radio se filtraron como agua en las grietas de sus defensas. Alma empezó a hablar consigo misma en fragmentos ajenos, como si la experiencia de otros le diera permiso para mirar la propia. regret+island+espanol+mediafire
Entonces decidió actuar, en la manera que la isla permitÃa. Envió, sin esperanzas de respuesta, a su propio modo, mensajes que no eran cartas sino pequeños actos: devolver un anillo que guardaba desde hacÃa años a la familia de quien lo habÃa perdido; arreglar la barca de un pescador al que una vez falló; dejar en la mesa de la única taberna de la isla una nota que decÃa “lo siento†y nada más. No pidió perdón con palabras grandiosas; lo hizo con manos, con atención. Esto no borró los hechos, pero empezó a hacer un mapa nuevo sobre las cicatrices. Una tarde, mientras barrÃa la terraza, encontró una
En la isla, el arrepentimiento no tenÃa forma de castigo. Era más bien un lente que amortiguaba la luz y hacÃa visible lo invisible: los minutos que se fueron sin que nadie los anotara, los gestos que se tuvieron una sola vez y luego fueron imposibles de imitar. Alma aprendió que el “si hubiera†era un animal astuto: se alimentaba de lo hipotético y crecÃa en la oscuridad de la mente. A cada “si hubiera†le correspondÃa una escena: una puerta que no abrió, una carta que no envió, una mentira amable que protegió la propia comodidad. La canción hablaba de islas, por supuesto, de
Regret siguió siendo una palabra en su diccionario personal, pero sin el filo de antaño. HabÃa pasado de ser una condena a un nombre para una geografÃa compleja donde era posible caminar y, a veces, construir algo nuevo. La isla, con su marea paciente, conservó sus ruinas y sus secretos, sus noticias y sus silencios. Alma, por su parte, vivió hasta entender que la vida no se trata de no tener arrepentimientos, sino de permitir que los arrepentimientos nos enseñen a elegir mejor la próxima vez.
La marea vino primero, con esa paciencia vieja que sabe el tiempo de las cosas. No era la ola que rompe con furia contra la roca; era la humedad que sube por los muros, el rumor de conchas que se acomodan en la arena como si fueran palabras buscando sentido. En la isla, los dÃas se medÃan por colores: la mañana era un azul delgado, el mediodÃa un blanco que cegaba y la tarde, una herida dorada. Entre esos tonos vivÃa Alma, que llevaba un nombre que le sentaba como una ironÃa.